Daniel Santos, Mirta Silva y Bobby Capo.

Cortesía de Jaime Jaramillo.

 

 

“EL JEFE”: DANIEL SANTOS

 

Por Humberto Valverde

Colaborador de Herencia Latina

Cali, Colombia

 

Este texto acerca del maestro  Daniel Santos hace parte de mi libro MEMORIA DE LA SONORA MATANCERA, es mi testimonio de Daniel, viéndolo en el año de 1989 en la ciudad de Nueva York para el concierto de la Sonora. Poco después, en el año de 1991 en Cali, ya muy enfermo, en casa del Sr. Pardo Llada.  Además de una larga conversación con el escritor puertorriqueño Luis Rafael Sánchez sobre su libro: La importancia de llamarse Daniel Santos.

Rafael Sánchez está invitado a la Feria del libro de Universidad del Valle, en Cali, Colombia y se tiene proyectado desarrollar varios documentales, uno hablando sobre la vida de Celia Cruz y el otro acerca de Daniel Santos, el Jefe.

Umberto Valverde

 

La ovación más estruendosa como saludo de bienvenida la recibió Daniel Santos en la celebración de los sesenta y cinco años en el Carnegie Hall.

 

- No voy a cantar hasta que no me traigan una botella de ron.

 

¿Cualquiera dice que soy borracho?

 

En los últimos años Daniel Santos se acostumbró a hablar mucho antes de cantar. Era su manera de comunicarse con el público. La encantaba decir que tenía menos edad.

 

- Yo tengo  treinta y cuatro años. Digan algo. ¿No me creen?

 

Después anunciaba la canción.

 

- En el año de 1951 grabé esta canción para todos ustedes: El preso.

 

En esa oportunidad, la primera noche que se encontraron en el hotel Wellington, “El Jefe” se tomó unas copas de más en el bar y se cagó en el pasillo. Nadie sabe si esto lo hizo como una expresión de lo duro de su carácter o por el anuncio de los derrames cerebrales que sufriría después y que lo trajeron a Cali, en julio de 1991, cantando sentado, sobre una pequeña mesa, abriendo la segunda parte de la presentación.

 

La primera noche inició con Esperanza inútil y prosiguió con Panamá le tombe. Cuando llegaba el turno de cantar Linda, zapateaba para tomar impulso y marcar el arranque para los músicos.

 

La segunda noche en el teatro Municipal se vivió un momento dramático. Cuando se abrió el telón, Daniel Santos no pudo hablar. Cada segundo que pasaba presagiaba lo peor y el público no sabía qué hacer. Había un silencio de muerte. A los tres minutos habló. Habló del desorden de su vida, que esto era el resultado de los excesos, y se refugió con Dios. Tomó fuerzas y volvió a zapatear para cantar Linda y la gente estalló en aplausos.

 

Nelson Pinedo no lo dejó un solo instante durante este viaje. En el hotel Intercontinental, en el programa de Pardo Llada, le recordaba viejas anécdotas para que él pudiera agregar alguna frase. Después, al lado de su última esposa puertorriqueña, lo llevaba hasta su habitación. En la segunda o tercera noche, no pudo controlar los esfínteres y se orinó en los pantalones.

 

- Nelson, la vida está jodida.

 

Ya no podía ni con su cuerpo y el esfuerzo por estar en el escenario era supremo.

 

En el programa de José Pardo Llada, en Mirador, había dicho lo siguiente:

 

-No soy millonario, fui pobre y soy pobre, hay algo más grande que el dinero que es la felicidad y ahora la busco todo el tiempo, quiero tener amistades, yo fui un tipo de la calle, un bohemio, hasta que conocí a esta señora. Sólo dejaré de cantar cuando me claven en la caja y me metan para abajo. Le tengo miedo a la muerte. Un hijo mío se suicidó y yo lo quería con el alma. He pasado días muy tristes, pero la vida es buena. Yo le pediría a Dios que me dé más vida.

 

                   Nada soy

                   porque al fin nada ya tengo

                   nadie sabrá

                   de mis íntimas penas

                   cuando estuve rico

                   era de abolengo

                   hoy en cambio

                   voy sufriendo mis penas

                   cuántas amarguras

                   siempre yo he sufrido

                   cuántos desengaños

                   en mi soledad

                   hoy que el destino

                   me trajo el olvido

                   comprendo qué triste

                   es la realidad.

 

En 1971 Daniel Santos conoció en la caseta Matecaña a una adolescente que tenía trece años y se llama Luz Dary Padredín.

Henry Holguín, en la revista Antena, logró rescatar la versión de esta caleña que se crió a punta de Bemba Colorá y los boleros del “Jefe”.

 

Luz Dary se arrimó a la tarima. Aplaudía y gritaba rabiosamente. Descubrió que la miraba.

 

“Descubrí que me había mirado durante todo el tiempo que estuve allí. Hice un esfuerzo y como pude trepé a la tarima”.

 

- Don Daniel —le dije — quiero tomarme una foto con usted.

 

- Las que quiera, negra linda.

 

Y yo sentí algo raro en el corazón. Tomaron la foto, y yo sentí por primera vez la presión de la mano de Daniel, cálida y suave en mi cintura. Bajé de la tarima con la seguridad de que no lo volvería a ver nunca más”.

 

 

Augusto Coen, Moncho Usera, Bobby Capo, Miguel Angel Clemente quien era un compositor y representante de Discos Seeco, Daniel Santos que todavía estaba en el ejercito de los EE. UU, década de los 40's .

Cortesía de Jaime Jaramillo

 

 

Al otro día, Daniel Santos la mandó a buscar con una nota que decía:

«Le ruego el favor de llamarme hoy a las ocho de la noche, con el fin de que tomemos una copa y charlemos. Su amigo, Daniel Santos».

 

Luz Dary tenía trece y aparentaba dieciocho. Siempre había jugado a salir con personas mayores y le gustaba la rumba. Pero ese mensaje era más que una evidencia para darse cuenta de que la cacería había empezado.

 

“Y hasta me divertía un poquito. ¿Qué había pensado ese cantante canoso y de tantos millones?  ¿Que Luz Dary Padredín iba a salir con él sólo porque  desde los ocho años le gustó Despedida”?

 

Aunque su madre le dijo que no lo llamara, aunque ella se resistía a la idea, lo llamó y fue a la cita: “No sabía que en realidad este encuentro iba a cambiar mi destino con un matrimonio, seis años al lado de Daniel Santos y estos dos hijos que usted ve, tan parecidos a él”.

 

Ellos dos, Danilú y Daniel Albizu llevan la sangre del cantante que cambió la historia de La Sonora Matancera, como lo confiesa a Josean Ramos en el libro Vengo a decirle adiós a los muchachos:

“Hay quienes sostienen que yo hice a La Sonora Matancera, y otros dicen que La Sonora me hizo. Creo que nos beneficiamos mutuamente porque La Sonora era un conjunto musical del coño’e su madre con un estilo distinto, pero le faltaba un cantante que encajara con su música. Unimos nuestros talentos y enseguida nos acoplamos en un estilo único que empezó a traer la atención de las multitudes”.

 

Daniel Santos era “El Jefe” desde que nosotros éramos niños, cuando lo escuchábamos en todas las casas del barrio Obrero en los años cincuenta. Desde que lo veíamos en las películas mexicanas, flaco y con su bigote negro. Eran los tiempos de vive como yo vivo si quieres ser bohemio, de barra en barra, de trago en trago, en el Tíbiri Tábara, qué cosas tiene la vida, caballero.

 

Tanto fue la adoración por Daniel Santos que por esa época surgió un cantante con su mismo  metal de voz: Tito Cortés, que llegó a tener el honor de compartir con él muchas noches de espectáculo, en el teatro Imperio, y le compuso una guaracha sobre las carreras de caballos llamada Cinco y seis.

 

Cuando Daniel Santos venía a Cali frecuentemente sin buen acompañamiento se llegó a decir, en tono de burla, que “El Jefe” ya no estaba en nada y parecía que imitaba a Tito Cortés.

 

Al  respecto, Tito Cortés era supremamente respetuoso y aclaraba:

 

“Yo estoy canso de explicar a las personas que no saben catar los estilos. Charlie Figueroa, Raúl López, Pepe Merino, Daniel y yo tenemos el mismo metal de voz, pero los cinco somos diferentes. Nadie imita a nadie. Nuestros estilos son distintos. Y Daniel Santos es Daniel Santos así salgan veinte mil tipos con el mismo metal de voz. Daniel es Daniel. “El Jefe” es “El Jefe”.

 

                    Adiós muchachos

                   compañeros de mi vida

                   barra querida

                   de aquellos tiempos

                   me toca a mí hoy

                   emprender la retirada.

 

Daniel Santos, como bien lo anota Nelson Pinedo, es uno de los más grandes fenómenos musicales del siglo XX, quizás con más grabaciones que Carlos Gardel.

 

Antes y después de La Sonora Matancera, cantó y grabó con una lista innumerable de agrupaciones y orquestas. El primer escritor que se acercó a él para intentar registrar su personalidad fue Salvador Garmendia y posteriormente se escribieron tres libros. En la perspectiva literaria el más trascendental ha sido La importancia de llamarse Daniel Santos, de Luis Rafael Sánchez, con quien hicimos una conversación en el Caribe, durante la realización de un festival de cine de Cartagena.

 

“Daniel Santos fue el cantante del pueblo, que es, como se lo confesó a Garmendia, ante todo, auténtico. Mi música también lo es. Por eso no podrá morir”.

 

Daniel Santos debutó como cantante el 14 de septiembre de 1930 en el Borinquen Social Club en Colombia St. de Nueva York con el trío Lírico por un dólar. Hasta que se encontró con su maestro, Pedro Flores, a quien le agradecía todo su talento.

 

-         “El me enseñó a cantar como lo hago, en forma de picado”.

 

De ahí en adelante recorrió todos los vericuetos de la vida, desde chulo hasta cantante estrella de La Sonora Matancera, hasta el 27 de noviembre de 1992 cuando la muerte llegó para acabar con tanto padecimiento.

 

                    Licor maldito

                   en que se va la vida.

 

Luis Rafael Sánchez ha construido una obra con base en dos textos que son conocidos en nuestro continente: La Guaracha del Macho Camacho y La Importancia de llamarse Daniel Santos.

 

- ¿Qué concomitancias sustanciales encuentras en estos libros?.

 

-  En primer lugar La Guaracha es una suerte de reflexión discursiva acerca de este ritmo cubano y  La Importancia de llamarse Daniel Santos es una reflexión discursiva sobre el bolero.  A través de cada una de ellas se organiza la trama y la construcción interna de ambos textos, de cómo se precipitan sus pasiones y de cómo se expresan los resortes emotivos de estos ritmos latinoamericanos.

 

- ¿Bajo qué impulsos y  propósitos nace el libro La importancia de llamarse Daniel Santos?

 

-         Había publicado La Guaracha del Macho Camacho y mientras empezaba a trabajar en una novela corta, me invitaron al Festival Mundial de Teatro en Caracas, en 1979.  La noche de la representación de una obra llamaba El Candidato, de Levi Rossel, un dramaturgo venezolano, el segundo acto se inicia con una escena totalmente a oscuras, en donde un hombre con facha de gansgter, echa una moneda en una bellonera, como se le denomina en Puerto Rico a los traganíqueles.  De repente estalla Linda. El aplauso extraordinario con el que el público recibió esta canción, me orientó hacia la necesidad de trabajar a Daniel Santos como mito para todo el continente.

 

No quise conocer nunca a Daniel Santos.  En una ocasión en Puerto Rico asistí a uno de sus últimos conciertos en el Centro de Bellas Artes y me lo encontré. El sabía que yo estaba trabajando en el libro, entonces me dijo: “¿Cómo es eso que estás trabajando en un libro si tú y yo no nos conocemos?".  Le respondí que solamente lo estaba utilizando como un personaje.  No creo que lo haya entendido. Después, en México, cuando se presentó La Importancia de Llamarse Daniel Santos,  él se encontraba en el Salón Margoth y posteriormente nos juntaron y me dí cuenta de que estaba emocionado. Meses más tarde,  me llamó a Puerto Rico a preguntarme sobre quién pudiera hacer una biografía sobre él, que si yo podía hacerla, le dije que no.

 

Nunca quise denominar este texto como una novela ni como un ensayo. Le dí el nombre de fabulación para buscarme una etiqueta que cubriera todo lo que quería hacer. A su vez, dejaba al lector en entera libertad de asumirlo como quisiera.

 

- ¿Si no hiciste ningún contacto con Daniel Santos, de qué forma estableciste la relación con su música?

 

- Yo conocía su música a través de los traganíqueles, de la misma forma como la conoce cualquier puertorriqueño, tanto como conocía a Felipe Rodríguez, otro ídolo de bellonera, aunque menos difundido en el resto del continente. En Daniel Santos hay una diferencia: la persona remite a una historia que excede la canción. Es como una suerte de novela paralela en donde se ofrece el mito de su propia vida.

 

- ¿Qué hiciste primero?

 

- Oí toda su música. Me fui a Berlín y me llevé treinta elepés. Cuando se supo que estaba escribiendo el libro, muchas personas me enviaron anécdotas acerca de Daniel Santos. Me acuerdo que recibí de Luis Echeverría, de José Antonio Torres Martinov y de Cristóbal Díaz Ayala, un cubano radicado en Puerto Rico y gran coleccionista. De verdad no me importaba demasiado el anecdotario. Me inclinaba más por el anecdotario apócrifo, porque hay historias que se mudan de país en país. Hay algo que te cuenta un dominicano y te jura que ocurrió allí y ese mismo relato lo puedes oír en boca de un ecuatoriano o un colombiano.

 

- ¿Cómo viste el final de mito?.

 

-  Yo quería que el libro le dijera algo a la gente de hoy, porque sino podía convertirse en una descarga nostálgica y no estaba interesado en eso. Por esa razón dividí el libro en tres grandes cuerpos: dos de introducción y uno de despedida. En la introducción se encuentra la propuesta de la lectura del texto. Es un libro pensado para leer en voz alta, porque se trata de textos que la gente va repitiendo.  No hay nada escrito, es casi un texto de juglaría.  En el segundo cuerpo, traté de meterme en el mito como tal, y en el tercero proyecté el mito hacia la concreción de las vidas, es decir, cómo se vive ese mito, se rastrea. Quise que terminara con una apoteosis de la juventud que baila desnuda, que ama y se entusiasma con un fondo de Daniel Santos, es decir, quise que la herencia de Daniel Santos fuera la trasgresión, la libertad en el amor, la celebración del cuerpo sin ningún tipo de ataduras.

 

- ¿Entregas la imagen de Daniel Santos como el macho latinoamericano?

 

- Está visto así. Mucha gente se ha mortificado con el libro por eso.  He leído una reseña feminista ofendida. Naturalmente la perspectiva del texto es del machismo sobrecogedor que vivía Daniel Santos.  

- ¿No crees que inclinar la balanza sobre este aspecto deshumaniza el libro?

 

- No lo creo en lo más mínimo. Por el contrario, le da una dimensión continental. Es un testimonio lleno de humanidad y fuerza.

 

- ¿Tuviste en cuenta lo que se había escrito sobre Daniel Santos?

 

- Conocía el relato de Salvador Garmendia. Sin embargo era más una larga conversación con él y mi propósito era hacer ficción.

 

- ¿Cómo te planteaste el reto de hacer ficción a partir de la música y cómo incorporaste la música en la literatura?.

 

-  Ese fue uno de los problemas que tuve. Tengo siempre la obsesión de trabajar con una armonía muy precisa en mi literatura. Me gusta que el lector lo sienta como un texto redondo.  No me llaman la atención las formas deshilachadas.  Me ilusiona la idea que se pueda llegar a ver como una forma física, como un objeto bien hecho. Fue entonces donde yo dí con lo que podría ser la clave que me sirvió para todo el libro. No quería que el libro quedara en tres cuerpos separados.  Necesitaba un hilo que condujera el relato a través de sus cinco partes y la clave la encontré en la fragmentación de sus boleros y en convertir el libro en una suerte de cancionero. Retomé veintiuno de sus boleros iconográficos y los utilicé como un diálogo entre los versos de sus canciones y mi prosa.  Así fue como incorporé las canciones dentro del texto.

 

- ¿Crees que tu obra es un punto en esa literatura del continente nacida en los años 60 y 70, que tiene como contextualización la música y los mitos urbanos?.

 

- Sí, yo prefiero hablar de mitos urbanos. Tengo cuatro o cinco textos de reflexión sobre la cultura popular.  Tengo uno titualdo Una poética de lo soez, donde reflexiono sobre la novela, sobre el cine melodramático. El segundo se llama María Félix en el Cine Luna, donde registro mi alimentación adolescente por la vía del cine mexicano.  El tercero está titulado  Iris Chacón, oferta de una erótica nacional, es la interpretación de cómo los caribeños hacemos una lectura distinta del cuerpo de la mujer. El cuarto se titula Que Viva la Música Popular, en donde analizo cómo la nueva novela del continente se transforma en un cancionero de los años 50, de quienes utilizan la música como contrapunto: Manuel Puig, Osvaldo Soriano, David Sánchez Juliao, Oscar Collazos, Eduardo Rodríguez J, Umberto Valverde, Andrés Caicedo, Ángeles Mastreta, entre los que voy examinando.  La música es el único elemento realmente vinculatorio en nuestro continente, aunque haya diferencias históricas y de actitud ante la vida. Daniel Santos, a diferencia de Juan Luis Guerra, que gustó en todo el continente, no fue bien acogido en el cono sur, porque se le tenía como un hombre chabacano, dicharachero y poco profundo.

 

- ¿Es posible hoy en día plantearse un texto narrativo sin visualizarlo como una novela?

 

- Todavía hay quienes buscan en la novela la norma, la etiqueta.  Hay muchos lectores que se sienten engañados si no se les advierte qué van a leer. La aventura de la pura lectura y el que uno le imponga un género, todavía es minoritaria.  La gente dice, pero no es novela. El lector quiere sentir que se trata de una historia cerrada, con personajes que tienen un destino.  Sea abierta o cerrada, le siguen pidiendo al escritor una manera decimonónica a la novela. Pío Baroja decía: "Novela es un saco en el que cabe cualquier cosa".  Camilo José Cela, para ser más transgresor, sostiene que "Novela es todo lo que se publica bajo el título de novela".  Estamos asintiendo a la descomposición del género. Cuando Truman Capote publicó A Sangre Fría, hubo una inútil discusión sobre si era o no una novela. El se previno y le colocó a su libro: novela sin ficción. Norman Mailer siguió el camino con La Canción del Verdugo.  El problema sigue siendo que la gente quiere leer novela, quiere leer invenciones, no quiere leer reflexiones sobre la realidad.  A cada rato uno se encuentra intelectuales o colegas de universidades que me dicen: “Tengo la ilusión de que algún día escribas una novela como sólo tu puedes hacerla”.  El elogio tiene su trampa detrás.  Lo que quieren decir es que: “Me gustaría que tú escribieras una novela donde describas a la heroína subiendo por una escalera y se vean los peldaños”.  Quieren, a toda costa, que uno escriba novela decimonónica.

 

- ¿Más allá del interés literario, había un interés afectivo y pasional por Daniel Santos, o simplemente lo tomas como mito?

 

- Existía el interés de sacar adelante submundos nuestros, mundos malditos de poco prestigio social, pero de gran resonancia literaria.  Tenía esa ilusión porque siempre he creído que en esas vidas hay unos colores oscuros que me apasiona defender y conocer. Yo me formé en la mediocridad de mi época: La radionovela cubana de Félix B. Caignet; el cine mexicano de nosotros los pobres y ustedes los ricos de Pedro Infante y de Marga López; el bolero popular de Ruth Fernández,  Daniel Santos, Bobby Capó, Felipe Rodríguez y Mirta Silva.

 

 

 

 

- ¿Daniel Santos  llegó a ser considerado más cubano que puertorriqueño?

 

- Los cubanos siempre han echado a rodar esa bola. Lo que pasa es que el momento de su eclusión como artista transcurre en Cuba, porque La Habana era el gran escenario, de la misma manera como Mirta Silva se reconoce cuando canta con La Sonora Matancera. Pero Daniel Santos tiene canciones en donde deja muy en claro su identidad como puertorriqueño. Uno de los aspectos que siempre se le celebró a Daniel Santos fue su militancia dentro del movimiento del independentismo puertorriqueño. La vez que fui al concierto en que lo conocí, hablaba en voz baja y dijo al comenzar: "Dios me ha dado todos los regalos, menos la independencia de Puerto Rico.

 

- ¿Cuál es el disco que más te llama la atención?

 

- Linda.  Siempre he creído que en ese tema hay una película. El otro día me encontré con un texto de una señora diciendo que ella era Linda y por qué dejó a Daniel Santos, un hombre abusador, un canalla.  Una actriz puertorriqueña radicada en Nueva York, Iraida Polanco, me llamó donde Julio Rafael Sánchez y me dijo: “Yo conozco a Linda,  vive en el Bronx, cuando usted la quiera conocer me avisa".  Intenté buscarla pero la actriz referida me invitó a almorzar a su casa y me dijo: “Linda desapareció de donde estaba”. Siempre he creído que Linda es dominicana porque al final de la canción habla de la virgen de Altagracia. Otros dicen que era una novia dominicana de don Pedro Flores, y por eso él habla de Oh Virgen de Altagracia que quizás algún día se acuerde mí.

 

- ¿Se mira más en Puerto Rico el Daniel Santos de Pedro Flores, que el mismo Daniel de La Sonora Matancera?

 

-  Sí, definitivamente.  Se mira al Daniel solo, como figura individual, como un mito excepcional.  A mí me asombró la emotividad que se suscitó en Puerto Rico con motivo de la muerte de Daniel Santos. La oficialización absoluta de él. Hoy en día es un mito oficializado.

 

- ¿Cómo fue el entierro?

 

-  Murió en la Florida, y se le trajo directamente a Puerto Rico.  Hubo un largo velatorio en una de las mejores funerarias de San Juan.  Por allí desfilaron miles de personas.  Se le enterró en el cementerio histórico de la vieja ciudad, donde ya ni siquiera se venden ni se consiguen panteones.  El gobierno consiguió uno.  Yo fui a ese cementerio dos semanas después a un acto en honor de don Pedro Salinas y me emocioné al ver las flores en la tumba de Daniel.  Había una bandera puertorriqueña en su tumba. Me pareció un gran homenaje para Daniel Santos.

 

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